Con frecuencia se afirma que el trabajo interno constituye la esencia del Tai Chi Chuan – Taiji Quan. Sin embargo, pocas expresiones generan tanta confusión como esa. ¿Qué significa realmente trabajar «desde el interior»? ¿Se trata simplemente de imaginar el recorrido del qi? ¿Es una cuestión de respiración? ¿O quizá de adoptar una determinada actitud mental?

Lo cierto es que el trabajo interno abarca muchos aspectos distintos, como ya comentábamos en el artículo llamado «El Camino del Taiji y el Qigong: Cuerpo, Mente y Espíritu en Armonía«. Sería imposible resumirlos en un solo artículo. Por ello, me gustaría centrarme únicamente en una idea que surgió hace unos días durante una clase y que ayudó a una alumna a comprender de una manera muy sencilla cómo el movimiento auténtico nace desde el interior y termina reflejándose en el exterior.

Todo comenzó observando su práctica.

Sus movimientos eran correctos desde un punto de vista general. Giraba la cintura de un lado a otro y sus manos acompañaban ese movimiento. En realidad, esto ya supone un paso importante, porque no es extraño encontrar practicantes que ni siquiera movilizan adecuadamente el yao (腰), ni permiten que los kua (胯) participen realmente en el movimiento. En muchos casos son únicamente los brazos los que dibujan las técnicas mientras el tronco permanece prácticamente inmóvil.

Pero en esta ocasión quise ir un poco más allá.

Le propuse que dejara de pensar únicamente en mover la cintura y dirigiera su atención hacia el dantian (丹田).

No para contraerlo, ni para tensarlo, ni para realizar ningún movimiento artificial, sino simplemente para que imaginara que todo cuanto sucede en el cuerpo nace allí.

Para ayudarla a comprenderlo recurrí a una imagen muy sencilla.

Le pedí que imaginara el Sol. El Sol es una enorme concentración de energía. Toda su fuerza procede precisamente de esa extraordinaria concentración. Cuanto mayor es la concentración, mayor es también el potencial que contiene. Desde una perspectiva taoísta podríamos decir que representa perfectamente ese aspecto yin capaz de almacenar un inmenso poder antes de manifestarlo.

Pero el Sol no permanece inmóvil, gira constantemente sobre sí mismo y, al mismo tiempo, desde él se expande energía en todas las direcciones. No se trata únicamente de una expansión plana, sino tridimensional. La energía irradia hacia el espacio formando un movimiento continuo que incluso podríamos imaginar como una gran espiral que se abre desde su centro.

Ese fue precisamente el ejemplo que utilicé.

Le pedí que dejara de pensar que sus brazos eran quienes iniciaban el movimiento y que imaginara, en cambio, que el dan tian era ese Sol situado en el centro de su cuerpo, cada giro nacía allí, cada expansión comenzaba allí y desde ese centro el movimiento viajaba hacia el exterior: Primero alcanzaba el yao, después los hombros, más tarde los codos, las muñecas y finalmente la punta de los dedos. Lo mismo sucedía hacia abajo, desde el dan tian la expansión descendía por las piernas, por las articulaciones, hasta los pies. Y siempre, con la atención puesta en el ascenso también hacia el Baihui (百会), manteniendo esa conexión vertical que constituye uno de los pilares del trabajo corporal tradicional chino.

De pronto dejó de mover únicamente las manos, todo el cuerpo comenzó a participar y lo hizo sin necesidad de exagerar ningún gesto. Este aspecto resulta especialmente interesante porque, en muchas ocasiones, confundimos amplitud con calidad. Vemos movimientos grandes, abiertos, espectaculares e incluso muy bellos desde un punto de vista estético. Sin embargo, la belleza exterior no siempre refleja un trabajo interno correcto.

Un movimiento puede parecer elegante y, sin embargo, haber nacido únicamente de los hombros o de los brazos, cuando el movimiento surge verdaderamente desde el centro ocurre algo distinto, no hace falta exagerarlo, la expansión aparece de forma natural. Es como observar las ramas de un árbol movidas por la fuerza que nace desde sus raíces, las ramas se desplazan, pero nadie pensaría que son ellas quienes generan el movimiento.

En el Taiji Quan sucede algo parecido, las manos son simplemente el lugar donde termina manifestándose un movimiento que comenzó mucho antes.

Esta manera de entender el cuerpo también encaja plenamente con una de las ideas fundamentales del pensamiento taoísta, el ser humano constituye un pequeño universo, no como una metáfora poética sin más, sino como un reflejo de los mismos principios que gobiernan la naturaleza. El universo posee un centro, un orden y una expansión continua, nuestro cuerpo también.

Por eso la imagen del Sol no pretende explicar un fenómeno físico, sino ofrecer una referencia que permita experimentar ese principio durante la práctica. Cuando imaginamos el dan tian como ese centro estable desde el que todo nace, dejamos de empujar las extremidades y permitimos que el movimiento aparezca de una forma mucho más coherente.

Hay otro aspecto que considero igualmente importante. Para que esa expan sión pueda producirse con naturalidad es imprescindible mantener la verticalidad, si el cuerpo se inclina hacia delante, hacia atrás o lateralmente sin que el movimiento lo requiera, esa irradiación pierde claridad, es como si desplazáramos el eje alrededor del cual gira todo el sistema. En cambio, cuando la cabeza permanece suspendida hacia el Baihui, el cuerpo se alinea entre el cielo y la tierra y el dan tian puede expandir el movimiento con libertad hacia todas las direcciones.

No se trata de permanecer rígidos, al contrario, la verticalidad proporciona precisamente la libertad necesaria para que la expansión pueda producirse sin obstáculos.

Quizá esa sea una de las diferencias más profundas entre hacer movimientos de Tai Chi y practicar realmente Tai Chi, desde fuera ambos pueden parecer similares, pero cuando el movimiento nace del centro, deja de ser una sucesión de gestos aprendidos para convertirse en la expresión natural de un cuerpo organizado desde el interior. Y esa diferencia, aunque muchas veces resulte difícil de explicar con palabras, termina siendo visible para quien sabe observar.

Porque, al igual que sucede con el Sol, lo verdaderamente importante no son únicamente los rayos que vemos, sino el centro silencioso desde el que todos ellos nacen.