Como sabéis, de vez en cuando me gusta aprovechar situaciones cotidianas para reflexionar sobre algunos de los conceptos que trabajamos en la escuela. La reciente victoria de España frente a Argentina en la final del Mundial de Fútbol me ha parecido un buen ejemplo de ello.

Más allá del propio resultado, creo que ha quedado demostrado que la selección española ha practicado, durante todo el campeonato, un fútbol de un nivel extraordinario. En la final volvió a hacerlo. Probablemente habrá quien no esté de acuerdo, pero forma parte de la riqueza del deporte.

Hay un aspecto que me parece especialmente interesante. Luis de la Fuente ha demostrado ser un entrenador con una enorme inteligencia. No solo desde el punto de vista técnico, táctico o estratégico, sino también en algo mucho más difícil: la gestión de las personas.

Durante los últimos años, muchas de sus convocatorias fueron cuestionadas. Se decía que había jugadores con más nombre o mayor calidad individual. Sin embargo, él confió en su criterio. Apostó por futbolistas que encajaban en un proyecto común, valorando no solo su nivel técnico, sino también su capacidad de trabajar en equipo, su compromiso, su actitud y su equilibrio emocional.

Y ahí creo que está una de las grandes lecciones.

El fútbol, como casi todo en la vida, no se gana únicamente con calidad técnica. También se gana con inteligencia emocional.

En una final de este nivel la tensión es enorme. Hubo momentos de provocación, de entradas duras y de mucha presión. Sin embargo, la selección española mantuvo la calma. No entró en enfrentamientos innecesarios, no abandonó su plan de juego y siguió confiando en aquello que la había llevado hasta allí.

Esa serenidad tuvo un efecto muy interesante.

Cuando una persona necesita demostrar constantemente que es superior, cuando el orgullo dirige sus decisiones o cuando el ego toma el control, resulta mucho más fácil perder el equilibrio. No hace falta que nadie la derrote: muchas veces acaba siendo su propio ego quien la desestabiliza y Luis de la Fuenta lo sabía bien.

España no necesitó entrar en esa batalla. Permaneció fiel a su juego, a su disciplina y a su trabajo colectivo. Y precisamente esa ausencia de lucha de egos terminó inclinando aún más el partido a su favor.

Por eso creo que esta victoria no fue solo una demostración de calidad futbolística. También fue una demostración de madurez, autocontrol y calidad humana.

Y esa es la reflexión que quería compartir con vosotros.

El ego quiere imponerse, quiere tener razón, quiere demostrar que es más fuerte, más rápido o más importante que el otro, el ego nos dice «si quieres salir victorioso confía en mi…». Pero el ego consume energía, nubla el juicio y nos hace reaccionar cuando precisamente lo que necesitamos es responder con claridad.

El verdadero progreso aparece cuando dejamos de luchar por demostrar quiénes somos y empezamos, simplemente, a ser. Cuando confiamos en nuestro trabajo, permanecemos fieles a nuestros principios y actuamos con calma incluso cuando el entorno intenta arrastrarnos hacia el conflicto.

La técnica es imprescindible. Pero sin equilibrio interior, la técnica termina perdiendo eficacia.

Quizá esa haya sido la mayor lección que nos ha dejado este Mundial: las grandes victorias nacen del trabajo, de la disciplina, de la unión y del dominio de uno mismo.

Cuando el ego deja de ocupar el centro, aparece el verdadero potencial. Ojo, somos personas y por tanto el ego como individuo es algo natural, pero hablamos del ego que trata de imponerse a los demás. Las verdaderas victorias no se alcanzan con dicho ego, sino con calma, paciencia e inteligencia.

Eduardo Sanz – You Xixian